Mulholland Drive, David Lynch. 2001. USA. (Segunda parte)

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Mulholland Drive es más que una calle periférica de los Ángeles. Es una zona de penumbra y palpitaciones ominosas, casi metafísicas. Es una franja entre dos mundos que justo como el inconsciente oculta quizá algo sobre nosotros. Allí, para Diane Selwyn, gracias a un evento desafortunado, cohabitaran las dos mitades de un sueño: el sueño de alcanzar esa sensación tan cacareada que alguna vez hemos sentido todos, el amor; y el sueño, más oscuro y frívolo aún, de ser actriz en Hollywood.

Pero tal vez las caras de ese sueño sean más que éstas.

Calificada de thriller psicológico, esta película podría considerarse también como cine neo-negro, o cine surrealista, o cine de autor, o incluso cine experimental. La narración se nos hace criptica y lejos del arte de narrar acostumbrado y todo porque sus pilares descansan, a propósito, en la fuerza de su imaginería visual y en la potencia turbadora de sus atmosferas.

Lo primero que se oye decir de MD es que no se entiende, que es poco menos que una tomadura de pelo que le sirve a David Lynch para reírse de nosotros con la más fantoche de las caraduras…Bueno, en agravio del director habría que decir que hay algo de cierto en todo esto, pero en su defensa también habría que decir que tras revisar algunos de sus elementos, MD se nos revela como una cinta de las que marcan época.

Pero vayamos por partes.

En todo director de cine hay una forma de ver su oficio que constituye su firma. El modo en que concibe el séptimo arte y lo lleva a término. Para David Lynch, el director de la exitosa serie Twin Peaks, es claro que la fuerza de una cinta reside en el poder sugestivo de sus imágenes; en una marcada propuesta visual que se acompaña de una envolvente hipnosis sonora. Así lo entiende Lynch y así lo lleva, en el caso particular de MD, a sus últimas consecuencias. Ahora, David Lynch no se ha conformado con contarnos una historia confusa envuelta en un papel multicolor brillante, sino que también la ha aderezado con unos ingredientes inesperados; con unos elementos en cuya mezcla empieza a perfilarse, precisamente, el milagro de esta cinta: a diferencia de otras películas cuyo argumento tampoco entendemos, descubrimos que cuando abandonamos nuestro plan Sherlock Holmes, el de desvelar la trama, la película se nos revela como un prodigio sonoro y visual inaudito; como una experiencia que en adelante nos sigue golpeando, una y otra vez, en la memoria fílmica.

Pero vaya, al final resulta que… ¡sí había una explicación y un argumento! Y es aquí donde se revela uno de los más grandes méritos del director de Montana: ser capaz de contar una historia increíble detrás de una cortina increíble y de la manera más increíble; todo ello, cómo no, barajando nuestra mente como si fuera un indefenso manojo de naipes. David Lynch, tras envolver un rubí en una confusa maraña, nos hizo creer que no había gema alguna. Lo puso allí, a su modo, y nos contó una historia de desamores y frustraciones camuflada bajo las dos caras de un sueño. Es cierto, sí hay una explicación, y lo sabemos después de ver la cinta por segunda vez y responder a las preguntas que hiciera Lynch a petición de los productores: la primera parte es un sueño, cuyas claves se nos revelan en la segunda, en los últimos veinte minutos. Casi todo está allí. Casi todos los personajes con su función codificada: la amarga taza de café, la muerte de la tía, los Castigliani, el cowboy, la chica del casting, la mamá de Adam (Coco). Es esta una realidad que de lo dura y difícil se ha trastocado en una primera parte mejorada, donde la chica está bien, triunfa con la mujer que ama y no es despreciada por un director exitoso. En el sueño, el papel de los personajes cambia de modo que su éxito se trunca y su función, a manera de código, se mueve a favor de Diane (el verdadero nombre de Betty)… y todo hasta que ella despierta (“time to wake up Little girl”).

Si recordamos a los dos tipos en Winkyes -la cámara sube y baja suave oscilando en un plano/contraplano sospechosamente onírico-, uno de ellos dice que tuvo un sueño ocurrido allí mismo, casi idéntico a lo que ve entonces, y que sería prácticamente igual de constatarse “algo” que habita en el parte trasera. Entonces, cuando ya en la trastienda -una especie de subconsciente- los personajes se percatan de que el sueño se ha vuelto una realidad, descubrimos que realmente éramos nosotros quienes ya estábamos dentro de un sueño; en el que se nos había narrado.

“This is the girl”, dicen dos personajes en dos situaciones distintas en MD; “This is the film”, podríamos decir quienes nos hemos visto sacudidos por esta película.

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