María Antonieta. Stefan Zweig. 1932. Austria.

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Nos cuenta Balzac, en La Piel de Zapa, que para los días en que el Terror barría las calles francesas y su trepidar parecía inclinar el eje de la tierra y voltear al mundo, algunos verdugos enfrentaron el dilema de tener que decapitar a mujeres muy bellas: “¿Acaso no lloraron también alguna vez los verdugos, ante las vírgenes cuyas blondas cabezas debían ser segadas a una señal de la Revolución?”

Vaya tarea. Sí que debió resultar difícil. Intrincadísima. Pues renunciar a toda apreciación estética o amorosa (e incluso jerárquica), no debió resultar fácil porque, recordémoslo: uno de estos verdugos (ahora anónimo para la historia) vio caer bajo su puño y rendida a sus pies la cabeza de María Antonieta de Austria, reina de los franceses.

Ahora preguntémonos, ¿qué habrá sentido este hombre? ¿Qué habrá pasado por su mente al ver la sangre que alguna vez se creyó azul brotando roja, rojísima, de un rojo escarlata tan impío como soberano? Tal vez muy poco. Tal vez su sentido de la belleza no fue alterado en lo absoluto, pues la que alguna vez fuera bella, objeto de miradas sugerentes, estaba ahora muy lejos de despertar algún apetito impronunciable. Vaya que había cambiado. Qué lejos de esa mujer despreocupada que dedicaba horas a probarse joyas y vestidos, a organizar mascaradas, a jugar a las cartas en el palacete de Trianón y a reír con el juego de la gallina ciega en los jardines de Versalles. Qué lejos de la jovencita venida de Austria, la que recibió mil ovaciones de las muchedumbres francesas. Cómo nos trasforma el perderlo todo. El cambiar los lujos y los baños de rosas por los malsanos aires de una fétida mazmorra. Pero bueno, todo esto es anecdótico, circunstancial. La historia ―entendida en su versión académica―, nos deja en sus páginas una marejada de cifras y hechos en que personajes como María Antonieta se registran con sus fechas y lugares; con sus desaciertos y victorias. Nada más. Es esa Historia que ha sido cuestionada hasta el hartazgo por su dudosa objetividad y por el estrecho alcance de sus miras.

Sin embargo, ¿acaso existe otra? ¿Una historia con mayor fidelidad? ¿Una demasiado poliglota para ser entendida porque por lo multicolor, por provenir de muchas bocas y de muchas facetas, se diluye en la pluralidad de ellas? ¿Acaso no existe una historia que pese a lo oficial, a que no renuncia a la frialdad de los datos, guarda más cercanía con los hechos porque los aborda de otro modo? De esa historia, hay que decirlo con ocasión de esta biografía, se encarga Stefan Zweig con creces.

Así es: con su forma de abordar la historia, Stefan Zweig nos transforma en espías y entrometidos. En unos paparazzis llevados tras unas cortinas bordadas con el mejor gusto. Allí, cogidos de la mano hacia el siglo XVIII, este austriaco nos muestra las intrigas palaciegas y las enmarañadas urdimbres políticas tejidas en Europa, en especial en Francia. Ahora somos todo ojos y todo oídos. Ahora vemos los vestidos suntuosos, los banquetes interminables, las pelucas empolvadas y los cuerpos que ríen pese a los corsés y los miriñaques; sí, ahora oímos los frufrús de las telas que se acercan por algún pasillo y somos algo más que espectadores: somos partícipes. Tomamos simpatía en favor de unos personajes al tiempo que refunfuñamos en desmedro de otros. Asistimos a una representación teatral, con puestos privilegiados. A un espectáculo donde presenciamos una biografía que, más que biografía, parece un thriller que se empina y mira por encima del hombro a las llamadas “novelas históricas”. Es un libro sin fisuras. Entretenido. Que no cansa y que traza curvas de gran audacia literaria pues su ritmo no decae pese a su extensión generosa. Es la historia de una nueva Andrómeda; una Andrómeda encadenada a los lazos de la historia y sus avatares.

Pero ¿cómo lo ha logrado Zweig? ¿Cómo logra que unos hechos de hace dos siglos capturen nuestra atención hasta inmiscuirnos y rejuvenecernos y experimentar lo que seguro experimenta la serpiente que muda su epidermis? El método es sencillo, pero su ejecución requiere de una habilidad mayúscula. De una capacidad prodigiosa.

Stefan Zweig no afirma donde no se puede. Los entresijos de la historia, esos intrincados laberintos donde las diferentes versiones de un mismo hecho comparten un terreno nebuloso, se esclarecen bajo el particular método que utiliza este austriaco. Es decir, Stefan Zweig nos dice, desde un tono seguro, únicamente lo que puede respaldarse por fuentes fidedignas. Mientras, allí donde hay dudas, donde existe una incógnita parcial o completa sobre los hechos, no calla ni se inclina por la versión que más simpatiza o concuerda con sus gustos. No: lo brumoso, eso que gravita en una zona de penumbra por la diversidad o escases de las fuentes, Zweig lo aborda a través de un escrutinio psicológico. Por medio de un cómo se habría conducido el personaje, según su carácter.

De manera que con este método Zweig aclara oscuridades, desde un punto de vista congruente y sólido, pues más que dedicarse a narrar a secas, Zweig busca entender, auscultar las motivaciones de su personaje. He aquí el gran mérito de su biografía. O su novela. O su obra maestra. Todos los elogios son válidos.

9788415277491

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