La virgen de los sicarios. Fernando Vallejo. 1994.

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En mi ciudad no hay excepciones. La lluvia cae apresurada, atada a la rabia, y un desastre nuevo suaviza al de antes. Aquí anhelamos lo instantáneo, pero amamos las distancias, sobre todo lo que pasa en las placas tectónicas de enfrente.

Deliberamos, cómo no, con los pelos arrancados del cabello; en lo de conversar con los puños en alto somos campeones. Aquí hay un sufrimiento que abarca un continente, en especial, cuando nuestras mujeres se desploman a un espejo de murmuraciones, tiranizadas por la publicidad y sus mandatos. Aquí nuestros pasillos gustan de mirar por las ventanas: miran y miran, con las baldosas desorbitadas, cómo la desigualdad agota las laderas.

El futuro de la juventud, errante, anhelando unos ojos que lo miren, camina como zombi atrabancado, sin zapatos y con una comezón de gatillos en las yemas de los dedos.

Como abominamos el pasado, rechinamos los recuerdos para no volvernos torpes, para vedar esa historia que durante años nos ha sumido en la penumbra. A veces, ante la incomprensión de no encontrar lo que teníamos, nos desmoronamos en la ternura, cuando entramos a un bar añejo y de canciones agotadas, de ésas que ya nadie oye y que están por marcharse. Otras veces, creyendo ver un futuro con cimientos, lo sentamos a nuestras sillas a que nos enseñe eso que llamamos moda. Y vanguardia. Y tecnología.

Pero luego llueve la memoria, cava e inunda, y todo se derrumba de bruces.

Aquí las monedas dan abrazos y a veces (no pocas), los abrazos dan monedas. Ah, ¿quién quisiera migrar a otros sitios, a regiones de otro acento y a playas donde brindar con el Atlántico, donde el sol linda con los mares? Nadie. Nunca. Nada. Aquí lo tenemos todo.

Aquí se hacen libros silenciosos, perfectos para llenar paredes, para trancar verdades tercamente abiertas y para que un cisne descifre cuatrocientas páginas.

Aquí llenamos nuestros sesos de apariencias, de canciones que enmohecen, de fotografías de gordas de bronce y de rocas gigantes; de todo lo que nos haga olvidar lo honesto.

Aquí siempre hay un duelo en llamas, un amanecer que se levanta muy tarde.*

*Manuscrito hallado en el bolsillo de un habitante de Medellín, Colombia, abaleado en una acera, año 1994.

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