Los Pájaros. Alfred Hitchcock. 1963. USA.

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El terror no debe ser explícito ni tangencial. Debe ser inexplicable, hermético, que riña con toda luz y con Descartes y con los amigos que gustan de explicar lo que no puede ser explicado. Quizá, para llevarlo a su mejor versión ―en el caso del cine―, el terror no deba filmarse desde ángulos transilvánicos o luces agónicas; desde ese aire crepuscular tan propio de estéticas a lo Edgar Allan Poe. No. Quizá, para  lograr un terror superlativo, que nos acojone de veras, debamos recurrir a vías algo turbias. A caminos que logren desajustar nuestros electrocardiogramas hasta fundirlos, no ya desde una exhibición machacona de clichés, sino desde un acechar agazapado y ominoso; desde algo que escape a cualquier intento de análisis. Sí, el terror, entendido en este sentido, viene a ser ese modo de perturbarnos desde algo físico aunque irracional; desde algo difuso pero manifiesto como eso que Alfred Hitchcock logró, a grandes cuotas, en su obra Los pájaros.

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Y bueno, hay que decirlo pronto: en realidad aquí Hitchcock no sólo filma audacias aéreas o un frenesí aviar fuera de control. En realidad, y por encima de todo, Hitchcock filma una faceta desconcertante del peligro, de ese miedo subterráneo que se aviene con nuestros temores más personales: con el abandono, la soledad, con la incomprensión ante un mundo caótico. Su cámara, al sincronizarse con una sensación de impotencia ante unas fuerzas desbordadas, es capaz de chirriar sobre el asfalto de nuestra mente, en desmedro de nuestra razón, para sugerir antes que mostrar –recordemos los aleteos fuera de campo–, para sumirnos en un desamparo de niños; de personas en una indefensión absoluta. Hitchcock, en un alarde de clarividencia, nos dice que en esta zona de orfandad infinita ni el dinero ni los apellidos y ni siquiera los conocimientos eruditos sobre aves sirven para nada.

Si revisamos el argumento, el guión parece lo más de simple, pero el partido que le saca Hitchcock sobrepasa las expectativas más optimistas: una chica millonaria y snob, acostumbrada a tenerlo todo con chasquear los dedos, conoce a un hombre que le produce una atracción (y casi se siente uno tentado a decir “erección”) inmediata. Entonces nuestra protagonista, enterada de que el blanco de sus apetitos necesita unos pájaros -“lovebirds”-, viaja ataviada de glamur (y en un auto aun más glamuroso) al pueblo de su galán, Bodega Bay, para entregárselos en persona.

Hasta aquí todo normal. Y sin embargo, todo está servido para que comience la verdadera película.

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Nuestra chica, muy compuesta en una barca que maneja como la más hábil, cruza un lago con una cara de quinceañera hormonada. Ya parece que tendremos que vérnoslas con una historia de amor al uso, y, sin embargo, algo después y contrario a lo que parecía, el lago se nos convierte en una suerte de laguna Estigia; en una travesía hacia el reino del Hades en donde no hemos pagado a Caronte. Así es: una gaviota, surgida de la nada y con una actitud virulenta, le picotea la frente a nuestra amiga, así, sin más, sin que haya un motivo claro. Es entonces que da la sensación que algo imperceptible ha sucedido. Y de hecho es lo que sigue: a partir de este momento se vendrán, uno tras otro, los ataques de unos pájaros que parecen haber leído Rebelión en la granja.

Pero habrá quienes censuren los efectos. Habrá quien diga que son muy notorios y que, por momentos, parecen de principiantes. Bien, a modo de réplica, habría que preguntar a estos críticos: ¿cuántos directores de entonces, en una época en que no existían computadoras, serían capaces de filmar algo lejanamente parecido? Es más, ¿cuántos serían capaces de filmar, a día de hoy, con toda la fanfarria y trompetería visual de que disponemos, al menos un homenaje decente a Los pájaros? La respuesta a ambas preguntas es la misma: muy pocos, quizá ninguno. A más de cincuenta años de la aparición de la película solo hay que revisar la multitud de secuelas inspiradas en ella para comprender en su amplitud el significado de la palabra vergüenza.

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Por aquel entonces, para los años sesenta, el Free Cinema inglés y la Nouvelle Vague en Francia eran la vanguardia del cine; Bergman (Ingmar no Ingrid) daba muestras cada vez más de su capacidad para trastornar el mundo del celuloide; la guerra de Vietnam, dueña de un furor creciente, causaba cada día más estragos; y el hippismo, asomando de a poco, venía a sumarse como una bomba atómica. Entonces, en su afán de buscar explicaciones al comportamiento errático de las aves, muchos las buscaron en estos temas. La madre castradora y posesiva del protagonista, por ejemplo (presente también en otras obras de Hitchcock), hizo las delicias de los amantes del diván y las fantasías materno-freudianas. Pero no. No caigamos en las trampas de Hitchcock. Mejor hagamos las explicaciones a un lado y no busquemos ni removamos por ahí pues, de seguir por ese rumbo, seguro terminamos como la anciana ornitóloga del bar: negando todo con el meñique empinado para, al fin, terminar tiritando de miedo.

Hasta la aparición de Los pájaros, nadie habría imaginado que una casa –con todos sus lujos y comodidades modernas– podría convertirse en la jaula más claustrofóbica; que un columpio, paradigma de la diversión y del regocijo, se transformara en el objeto más siniestro e indeseado; que el silencio, llevado al máximo de su sicología sugerente, compensara tanto la falta de una banda sonora; que un plano aéreo, digno de una postal de vacaciones, contuviera entera la pequeñez de la especie humana; que un granero, un lugar común de almacenaje, se convirtiera en el escenario propicio para una escena antológica, de las más perturbadoras del cine. De la historia del cine.

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Por último, habrá quien vea en esta cinta sólo pirotecnia visual y aleteos bobos; habrá, también, quien advierta las consecuencias de trasgredir las barreras de un mundo que no nos pertenece; habrá a quien, después de apretársele el tórax, no vuelva a ver del mismo modo a las aves; yo por mi parte, más cercano a sus virtudes que a sus defectos, me conformo con citar los versos de Neruda en El poeta se despide de los pájaros:

“Pájaros pensativos que interrogan
la tierra y picotean su secreto
o atacan la corteza del gigante
o abren el corazón de la madera”

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2 Respuestas a “Los Pájaros. Alfred Hitchcock. 1963. USA.

  1. Gracias por la sugerencia amigo(a). Estás en lo cierto.
    Y con respecto a tu pregunta, me parece que hay obras que están más destinadas a nuestros sentidos que a nuestra razón. Que se burlan de nuestra actitud de Sherlock, de explicadores, en tanto apuntan al contemplativo, al saboreador que también hay en todos nosotros. Me parece que Los pájaros, intencionalmente, apunta a ese camino. Saludos.

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