El Puente Sobre El Río Kwai. David Lean. Gran Bretaña-USA. 1957

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Existe en El puente sobre el rio Kwai un plano que parece de lo más intrascendente y que, sin embargo, es el más importante. El puente ha caído, casi todos han muerto, y el doctor mira estupefacto la escena mientras repite una y otra vez “locura”. Justo aquí, la cámara empieza a retroceder hasta alcanzar un plano general cada vez más creciente, hasta que cambia a otro donde aparece un águila. Es un águila majestuosa, que parece sondear la catástrofe, y es a través de ella y de este plano que David Lean nos deja el mensaje que pretendía su película; un mensaje que escapa al cine y que tantea la orilla de terrenos filosóficos: por encima de nuestras penurias, más allá de nuestros intereses banales, existe una libertad inmaterial y limpia, diríase que absoluta, que al estar por fuera de nuestro rango planea por sobre el escenario de las tragedias humanas; por sobre el teatro que erigimos para matarnos y llegar a unos niveles de insensatez que, de entreverlos, resultarían grotescos para cualquier espectador aéreo.

Por eso el patrioterismo de que hace gala el coronel Nicholson (y que algunos podrían criticar como un punto flojo del filme), no tiene cabida como propaganda: no hay una apología al imperio británico, hay un diagnóstico negativo a la insensatez de los hombres; no hay una discriminación a la aparente ineptitud de los japoneses y su ingeniería, hay una revisión a los modos de trabajar bajo tiranos o el colaboracionismo; no hay una exaltación nacionalista en el personaje de Shears y sus mujeres, hay una mirada correspondiente al pragmatismo norteamericano; no hay aplausos para una civilización occidental enfrentada a una supuesta barbarie de oriente, hay un repudio general a la guerra en todos sus escenarios, un antibelicismo concreto; no hay hombres superiores ni inferiores por sus nacionalidades, hay una crítica a la testarudez de hombres perdidos en los laberintos de sus egos; no hay ganadores ni vencidos, hay reproches a las palabras “deber” y “honor” cuando respaldan ideas enfermizas, a chauvinismos igual de fanáticos.

Y así, con la voladura del puente y su escenario catastrófico, todas las motivaciones de los personajes (y por extensión todas las que impulsan las acciones humanas) desnudan su superficialidad e incoherencia; una estupidez que, de lo profunda, podría competir con el fondo del tonel de las Danaides.

Y es que de hecho, antes de morir, el coronel Nicholson alcanza a percatarse de sus faltas (“¿qué he hecho?”), de la insensatez de aferrarse a unos códigos del pleistoceno, caducos, propios de oficiales obnubilados en su arrogancia (o en su flema inglesa, en este caso), y que suelen justificar en la intransigencia del enemigo (a quienes tildan de bárbaros) sus propios errores. Ya Shears lo había dicho a Warden, el otro oficial del imperio: “Usted y Nicholson toman esta guerra como un juego: quieren morir como caballeros, quieren morir con sus reglas, cuando lo que importa es vivir como seres humanos”. Más claro imposible: con esta breve escena queda anulada toda presunta exaltación a unos valores occidentales, en apariencia, superiores.

Con El puente sobre el rio Kwai, pues, David Lean voló un puente muy recurrente en el cine: ése que conduce (y que al día de hoy hemos cruzado ad nauseam) hacia películas bélicas que rebosan ametralladoras epilépticas, incombustibles, para construir otro de trazos más sólidos, casi rococós, y cuyas bases, de lo profundas, nos conducen a orillas donde el cine bélico alcanza honduras inadvertidas. Es un puente único, hecho con alturas de águila.

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