Memorias del subsuelo. Fiodor Dostoyevski. 1864. Rusia.

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Lleva los nervios desmesurados. Los cabellos aún pegados a la almohada del cuchitril donde vive. Cabizbajo, con la mirada suspensa, rumia y rumia sabe Dios qué cosas. Acaso secretos de un tiempo sin castillos. Acaso historias de alucinados, de románticos en espera.

A lo lejos, parece un poseso que va por la grava. Ni adormece ni descansa. Es una fiera que intuye el mal que va caer al mundo. Un amante de las paradojas, tal como él mismo se define. Si alguien se pregunta «¿dónde puedo hallarlo?», a lo mejor lo hallaría acariciando las barandas de algún puente, mirando con ansiedad las ondas del arroyo. Pero bueno, no nos engañemos: es él mismo quien ha escogido vivir de ese modo. En la periferia social, dando la espalda a los otros e incluso a sí mismo. Después de conocer su historia, quizá podríamos afirmar que el destino elige velarnos sus misterios, que no hay más que acomodarnos al mundo y al cómo somos; que es preferible ser “normales” a estar aislados y en la miseria de este hombre.

Pero no. No nos adelantemos…

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Al acercarnos a él, no hallamos ni su nombre ni señas que lo identifiquen. Es un hombre anónimo. Alguien que, mirado sin ternezas, podría definirse como un hombre que tiene lo que busca e incluso más, aunque todavía no lo sabe. Es alguien que ansía lo que siempre ha sido: una catástrofe para quienes lo rodean, una cuchillada silenciosa en un bar de borrachos. Infortunadamente, él aún no lo descubre. Se sabe diferente, pero para comprender su diferencia, necesita migrar por un doloroso camino de renuncias, de exceso de equipaje. Es ese tipo de incongruencia que anhela y busca la compañía de quienes lo rechazan, pero que, al mismo tiempo, siente un profundo desprecio por ellos. Es el parto más crucial, el más elevado y difícil que ha enfrentado la humanidad entera.

Su búsqueda sintetiza la crisis del hombre pensante e inconforme, pero atrapado en la encrucijada más escurridiza: la paradoja de una modernidad que desvistió al hombre para cubrirlo de apariencias y necesidades creadas, de vacíos apetecibles. Es el hombre situado por encima de la vulgaridad, pero cercado por ella; por esa necesidad tan humana de sentirnos reconocidos y acompañados. Su sentido de la belleza, de hecho, lo insta a buscar el amanecer, pero él sólo halla un alba desteñida; busca una noche perpetua y sincera, quizá rodeada de algunos amigos, pero sólo encuentra una errante y hostil, decorada por todo aquello que odia.

Y pese a todo él lucha y no se rinde. Agotado sigue en su empeño al tiempo que nos gana en simpatía. Qué flexible burbuja. Qué medianoche eterna. Ya en espera del colapso azucarado, de esa robusta miel que tiene la muerte, se percata de que ni aun la Muerte atenuaría su sufrimiento. Que no podría morir tranquilo mientras otros siguen tan estúpidos y tan vivos, en medio de la mediocridad más pasmosa. Y pese a todo, qué bueno sería detener a la muerte y atascarla. Estrujarla en ese artículo incompleto que lleva en el bolsillo, atravesarle un ciclón en las ruedas del carruaje. Ah, qué bueno sería.

Con seguridad, de haberlo conocido, este hombre habría simpatizado con Gerard de Nerval. Con el Nerval que, según la anécdota (a lo mejor falsa), paseaba a una langosta por los parques atada a una cinta azul y que un día dijo a un transeúnte: “Hola, estoy vendiendo un unicornio”. ¿Qué cara habría hecho el protagonista de Memorias del subsuelo de haber oído aquello? Es más: ¿qué cara habría hecho al oír la respuesta de Nerval al preguntársele por qué tenía de mascota a una langosta y no a un perro?: «Tiene dos ventajas. Una es que no ladra, la otra es que conoce los secretos del mar.»

Si recordamos la inmortal novela de Cervantes (ésa de cuyo nombre siempre queremos acordarnos), allí un cuadrillero saluda a Don Quijote llamándolo ‘buen hombre’. Don Quijote se yergue y lo increpa: «¿Usase en esta tierra hablar de esa suerte a los caballeros andantes majadero?» Vaya manera de hablar. Cuánta vida, Cuánta fuerza en ella que nos dice que aun a despecho de nuestros ideales, de la burla e incomprensión de los otros, podemos luchar por quienes somos y por lo que queremos. Es esta una fuerza que lo singular y potente hallamos sólo en las obras más grandes; en esas que como Memorias del subsuelo se sitúan a la altura del mismísimo Quijote. ¡Cuánta fuerza para derribar Goliats en ambas!

Si pensamos en su país natal, al borde del frio, en la certeza de atreverse, el protagonista de Memorias del Subsuelo quisiera una canción rusa que sorbiera todos los pesares; que, en un instante prolongado, algo difuso y paternal, no amara más la oscura soledad de los callejones, esos que lo esperan a diario.

Ahora, es preciso decirlo: Memorias del subsuelo es un paño presionado al rostro. Un alegato a viva voz que nos recuerda que aun al costo de la marginalidad, de una vida desposeída y sumida en el sufrimiento, ser nosotros es preferible a seguir una existencia imitadora, vulgar y postiza, que aplaza siempre los propósitos más íntimos para seguir el dictado de la moda y el capricho de los tiempos.

Memorias del subsuelo nos muestra ese camino. La manera de hallarlo.

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