Sed de mal. Orson Welles. 1958. USA.

Sed de Mal, Sombras del Mal (Touch of Evil)(1958)

Al telescopio porque ve más allá, al microscopio porque ve más acá, a la espada y al martillo, porque nos alargan el brazo; al libro, ya lo dijo Borges, la imaginación. ¿Y al cine? ¿Qué debemos agradecer al cine? Al cine debemos agradecer la aparición de directores como Orson Welles y sus películas, porque con ellas enriquecemos nuestras miras, ampliamos nuestras márgenes, y recordamos la necesidad de socavar la inercia de un mundo que se despeña, día a día, hacia una superficialidad abrumadora.

Sed de mal parece un juego de espejos opacos pero con vida. Es un manual de cómo manejar la cámara y efectuar movimientos imposibles, de una geometría y virtuosismos de alto vuelo, dignos de homenajear a los dibujos de la Alhambra: picados, contrapicados, grúas, sombras que medran por las paredes, focos que irradian desde el suelo, lámparas que oscilan nerviosas, neones que parpadean con estupor creciente, ángulos irracionales y que de lo desconcertantes parecen salidos de un terremoto y sus escombros.

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El agente Vargas -Charlton Heston- lucha contra las mafias, narcos y oficiales corruptos en una zona limítrofe. Allí, en una franja de penumbra y palpitaciones fantasmales, aparece Quinlan -Orson Welles-, un policía que podría pasar por luchador de sumo. Con su voz cavernosa, Quinlan se mueve a placer en las márgenes de una moral adicta a la corrupción y al racismo. Será el pulso entre dos agentes que pertenecen a formas antagónicas de ver el mundo: Vargas, recién casado y con una fe inquebrantable en el deber; Quinlan, un policía solitario y hosco, acostumbrado a falsificar la ley y coquetear al hampa como el más de los bribones.

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Entonces aparece Tanya, la gitana -Marlene Dietrich-. Con su mirada extenuada, con ese leer de cartas y esas canciones nostálgicas salidas de los fuelles de un cabaret envuelto en luces sedantes, ella nos muestra la otra cara de Quinlan. Ahora vemos al hombre y no al policía inescrupuloso. Ahora, intuimos por qué no tiene porvenir y por qué lleva la moral colgando de un anzuelo, presta a lanzarla a la primera carnada que pase.

¿Y qué podemos decir del plano secuencia de tres minutos que abre la película? ¿De ese inicio eruptivo que no da tiempo de acomodarnos al asiento, que nos llena de una sensación huracanada, medida por los tic-tacs de la bomba? Podemos decir que ya no hay marcha atrás, que Orson Welles lo ha hecho nuevamente: son los primeros albores de una ebria locura.

En el cielo de Sed de mal no hay orillas. Orson Welles decidió borrarlas a propósito y nos lanzó a las fronteras de un universo sin encuadres, donde sólo existe la jaqueca. Aquí, mientras se divaga entre moteles enfermizos y pozos de petróleo que acarician el averno, descubrimos que el clímax de una película puede ser filmado, a veces, en un tono noctámbulo y tuberculoso, casi de textura gótica; en el mismo tono que utiliza un doctor que no quiere alzar la voz porque va a diagnosticar una enfermedad incurable.

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Sed de mal no es una película perfecta -el montaje presenta altibajos y el nivel de ciertas actuaciones, las secundarias, dista mucho de las principales-, pero este hecho no resta ni sus grandes méritos ni la gran destreza que el director (y a la vez actor) puso en ella.

Es un referente ineludible, una estrella destacada en el mapa del cine negro.

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