La Extraña Pasajera. Irvin Rapper. 1942. USA.

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Para la Belleza no habría mayor aspiración que el detener los relojes. El atrapar el instante. El abolir todas las clepsidras y manecillas y la mar de tics tacs que invaden el mundo. Es ella el error perfecto. La simetría displicente. La fantasía que desprecia brújulas y escuelas y conceptos y análisis matemáticos. Ídolo de ídolos, a un tiempo inasible y corpórea, parece un fuego primigenio; un veneno que es también licor suave, tal como diría Lope.

Ahora bien, habría que preguntarnos si acaso existe otra chispa similar y otro colorido que visible incluso en la oscuridad más africana, nos engañe como ella. De seguro habrá varios. Quizá muchos. Pero como ella pocos logran hacernos olvidar cuánto nos doblega y somete. Cuánto nos atrapa en su gulag de poseerla y en la jaula de perseguirla una y otra vez sin remedio. Hay que aceptarlo: somos sus juguetes. Y es ella ese dulzor que nos recuerda la manzana que nos sacó del paraíso.

Antes que Betty la fea y después del patito feo de Andersen, Bette Davis atrapó la belleza y la hizo suya en una sinfonía de planos llamada La Extraña Pasajera. Su transformación en cisne logra un milagro semejante al de oscurecer al sol o detener a la rotación terrestre. Tal como hiciera Chagall con la luz y el color en sus vitrales, Davis logra capturar de un solo golpe una paleta colmada de matices. Su gradación es acompasada, lejos de golpes de efecto. Pasa del sótano al primer piso y de éste al segundo por una escalera que rumia desde adentro. No hay un cambio complaciente. Tampoco un rompeolas nuevo a quien sacudan viejas marejadas. Es el transito que va de la tiranía de la madre al hecho de desagradarse a sí misma. Vaya que debe ser difícil sentirse tan poca cosa, insignificante, y sobre todo si es tu propia madre quien lo induce.

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La narración se abre con un plano en que la lluvia cae sobre la estatua de la familia Vale. Es la antesala de la lluvia que veremos caer dentro. El temporal de la incomprensión y el despotismo, de la férula de una madre dada a imponer a rajatabla su egoísmo y reproches. Allí, en medio de ese escenario, todo se rodea de una visión trasnochada del mundo. La madre así lo quiere, pero para nuestra fortuna y la de Bette, ella logra mosquearse. El doctor sugiere y ella escucha. ¿Por qué no intentar un cambio?, le dice. El espejo no tiene por qué ser, necesariamente, tu peor enemigo. Además, mira qué cajitas más bellas tallas. Tal vez es un mensaje. Tal vez habría que hacer contigo lo que con las cajas…

A continuación viene el crucero, la alusión a La Dama de las camelias y un juego de insinuaciones y murmullos. Asistimos a un encadenado de miradas y silencios. Un hombre misterioso aparece y al encender dos cigarrillos juntos, alumbra una pasión que en simultáneo apaga el pasado. Ahora es evidente: la brecha de un cambio se ha abierto.

¿Qué vio Stendhal en aquel museo donde casi se desploma y que dio origen al síndrome que ahora lleva su nombre? ¿Qué fue aquello que en realidad probaron en la isla de los lotófagos los marinos de Ulises? Tal vez la respuesta sea ella, la Belleza. Esa que Bette Davis desperdiga y deja atrás como queda atrás la estela del buque que la lleva lejos, al periplo de sí misma, a romper limos y amarras que la encallaban al puerto materno.

Si Umberto Eco necesitó de sendos tratados para esbozar la travesía humana de la fealdad y la belleza en su investigación sobre ambas, Bette Davis, en La extraña pasajera, logra una empresa semejante (y casi la supera) en poco menos de dos horas.

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Frase para el recuerdo: “Oh, Jerry, don’t let’s ask for the moon. We have the stars”.

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