Arroz Amargo. Giuseppe de Santis. 1949.

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Intentemos describir la receta para hacer un buen arroz fílmico: una pizca de intriga policiaca (cine negro); dos cucharadas de Neorrealismo (cine italiano de posguerra); unas gotas, muy tenues, de Expresionismo alemán (cine de una acusada estética); cierta dosis de melodrama (impregnado, esta vez, de un dejo a musical barroco); y, finalmente, un toque de corte documental que aderecen unas actuaciones sobresalientes. Todo esto es Arroz amargo; todo esto e incluso más: es la sumatoria de los elementos anteriores más el agregado de un erotismo caudaloso que da como resultado un arroz más bien dulce; un arroz que logra surfear la ola de las cintas que la precedieron y estar a la altura de las mejores de su género (Roma ciudad abierta, Ladrón de bicicletas, Alemania año cero, etc.)

La película nos lleva a los años de la posguerra, a esos tiempos de duras condiciones y de marcada explotación laboral cuyas coordenadas nos sitúan esta vez en una zona rural del norte de Italia. Allí, valiéndose de barridos descriptivos, de amplios movimientos de cámara, la cinta nos sumerge en el mundo de las temporeras de las cosechas de arroz en el valle del Po, en el trasegar de sus jornadas y en lo que algunas de ellas están dispuestas a hacer para escapar a las arduas condiciones de entonces.

Bajo ese tinglado, tan ajeno a concesiones, veremos el escenario propicio para que el albedrio y los principios de los personajes sean puestos a prueba, para que se enfrenten a preguntas determinantes: ¿hasta dónde somos capaces de olvidarnos de nosotros? ¿Hasta dónde podemos soportar la moral metalizada y la crasa ignorancia de los inescrupulosos con tal de salir de nuestras penurias? La película nos enfrenta a lo que somos capaces de hacer cuando encaramos la supervivencia, a su lucha sin cuartel, a lo que podemos renunciar y dejar de ser cuando no vemos más que un futuro nebuloso y accidentado. Tal parece que en esa lucha se tiempla o sucumbe nuestro carácter, pues es un enfrentamiento que no cesa, duro, y en donde descubrimos que en el fondo todos somos temporeros: la estación en el campo de arroz de “las Mondinas” es, como si dijéramos, el equivalente a nuestra estación en el campo de la Vida. Es un espejo que nos muestra el cotidiano y particular ring de boxeo en que vamos todos.

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Con todo, la película también nos enseña que siempre hay una vía para solucionar los problemas: cuando las protagonistas pelean encuentran luego un modo de conciliación, y, cuando “las clandestinas” generan conflicto por su presencia, terminan por unir a las temporeras en una voz única, logrando que el dueño se vea en la disyuntiva de contar con todas o con ninguna.

Pero, sin lugar a dudas, es Silvana Mangano quien con su magnetismo sexual se roba la pantalla entera y la deja hecha fosfatina. Desde su aparición se convierte en un arroz fetiche, desgranando un erotismo incandescente, que desordena el cerebro hasta despertar volcánicas pasiones en el público joven y ni digamos ya en el geriátrico. Las escenas donde exhibe las piernas (muy al estilo Hollywood), más las otras donde se entrega al baile del Boogie Hoogie, ponen a carburar nuestros alvéolos pulmonares y a deshacernos en hondos suspiros. Muy seguramente (habría que probarlo), si una persona en silla de ruedas mira por casualidad aquellas escenas, en el acto salta a bailar y a dar giros con la Mangano.

La película utiliza una puesta en escena que da una sensación deslavazada. Pero es una puesta en escena acorde a lo que se nos cuenta y transmite. Es una cinta que no intenta ocultar su esencia, ni lo que es, sino decirnos que en toda amargura se esconde cierto dulzor, detectable a nuestro paladar, aunque renuente a esas debilidades que nos acometen cada tanto. Es un dulzor que está a nuestro alcance, se nos dice, pero es también una meta que sólo podemos lograr mediante el esfuerzo y esa voluntad que en cada uno se resiste a bajar los brazos, a no pelear cuando se renuncia a lo que somos.

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