Bella de día. Luis Buñuel. Francia.1967.

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Para los años 60’s y 70’s hablar mal de la burguesía estaba de moda. Muchos cineastas, más algunos escritores de izquierda, apuntaban los resortes argumentales de sus obras a las actitudes burguesas, prestos a endosar unas cuantas cachetadas. Allí estaban, por ejemplo, Pierre Paolo Pasollini con su criptica Teorema, o Luis Buñuel con casi toda su obra. Mil ejemplos podrían enumerarse de ese catálogo, tan variopinto en propuestas como en autores, pero lo cierto es que en ese radar lleno de puntos luminosos, Bella de Día se erige como un sitial destacado; como un ejemplo que demuestra que cuando el cine toca temas profundos, con habilidad certera, gana vigencia constantemente.

Severine es una chica de 23 años, dueña de una belleza que provoca erecciones por allí por donde pasa. Con poco menos de un año de casada, vive en un estado casi catatónico. Su mirada, algo gélida, diríase que escandinava, nos dice de ella lo que esconde la vocinglería de su silencio —más de lo que ella, posiblemente, sabe de sí misma. Estacionada en una vida patricia, propia de esas mujeres atomizadas en la masificación de las grandes metrópolis, cohabita junto a su marido en una lujosa casa donde, muy seguramente, abundan también los olores a naftalina y a cajón cerrado.

Ya desde el principio hay algo que no encaja: no bien empieza la película y nos enteramos de que la pétrea Severine,  en sus horas de ocio ―que son las más del día― se dedica a engarzar y a engarzar fantasías a cual más sórdida: el sadomasoquismo, el voyerismo, el fetichismo y todos estos ismos hacen presencia hasta llegar a la necrofilia. No obstante, algo después, un trauma infantil se insinúa. Dos flashbacks perturbadores y volátiles nos lo muestran y es aquí donde, inesperadamente, la aparente caza de brujas que planteaba Buñuel se humaniza. Aquí, la mirada del cineasta se dirige al ser humano y no a su clase social. El foco de estudio, ahora, se hace paladeable porque Buñuel expone con habilidad la arqueología de los miedos profundos, de los deseos tortuosos, de todo lo inconfesable que quizá compartimos en su totalidad el género humano. No hay que olvidarlo: uno de los personajes ya lo ha dicho: “los hipnotistas escarban tus más oscuros secretos”, y justo esto es lo que hace Buñuel: hacer las veces de un hipnotista, que ya no con péndulo en mano, sino con el bebedizo de su cámara, te recuesta en su diván a pasearte por tu yo oculto; por un yo que te ayuda a encontrar respuestas.

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Pero, bien visto, quizá Buñuel no ataque sólo a la burguesía. Una de las mesalinas, la compañera pelirroja de Severine, perteneciente a todas luces a una extracción social baja, evidencia una ramplonería y un arribismo realmente desagradables: obsesa con la ropa de la recién llegada, se babea tocándola y deseándola y, algo más tarde, cuando intenta resolver un crucigrama, evidencia una ignorancia a la par que doble escandalosa: no se percata del porqué Severine sabe la respuesta a su pregunta.

“La riqueza y la ociosidad son enfermedades”, dice la amiga chic de Severine. Y al parecer para esta última la cura a esas enfermedades se encuentra en algo que descubre más tarde: en la existencia de las casas de citas, de una vida clandestina y censurable ―aunque atrayente―, y llena de todo el frenesí que se repite una y otra vez en su imaginación erótica.

Sí Severine, las casas de citas existen. Ya no tienen las luces rojas de antes de la guerra. Se han aburguesado, es cierto, pero aún en su sordidez poseen un discreto encanto. Ahora, descubrirás que después de traspasar su umbral, tus peinados imposibles se deshacen, que los jarrones caen de tus manos y que todo entre tus dedos tiembla. Ya todo es diferente. En un plano secuencia típico en Buñuel, vemos cómo tus piernas suben hacia el apartamento de madame Anais: es la forma en la que el director nos informa que mientras subes hacia el autoconocimiento, bajas, desde un punto de vista moral, para el resto del mundo. A partir de aquí te precipitas hacia tu yo verdadero pero, al mismo tiempo, te ensalzas y descubres. La risa, que antes no aparecía en tu rostro de cariátide, aflorará ahora hasta sorprender a tu marido.

Severine es bella de día pero quizá ella no sea la única bella diurna. Tal vez lo que nos dice Buñuel, en el fondo, es que la bella de día es realmente la vida burguesa. Todo su glamour, sus joyas, sus mujeres bellas y sus autos perfectos, exhibidos a plena luz y hasta la náusea, quizá no son más que la cortina perfecta, el cofre idóneo para esconder su doble moral y su vida marmórea y bostezante.

En la película, propio de su personalísimo cine, no podían faltar ciertas coordenadas buñuelianas: una perturbadora presencia de la iglesia, niños que juegan a saltar el lazo, coches de bebés, cajas con objetos extraños, velos de novias, botas negras, mujeres que a semejanza de algunas de la mitología griega, bordan y bordan un tejido que no acaba nunca.

La interpretación de Catherine Deneuve es sobresaliente. Y para entender su magnitud, basta con mirar un plano: madame Anais la maltrata por vez primera, Severine le da la espalda, mientras en su rostro se desliza, levemente, un dejo inequívoco y harto revelador: el placer que le causa ser vilipendiada.

El sonido de las campanillas, más la presencia del carruaje, anuncian la llegada de la fantasía. Allí, según dice Severine, el sol es negro. Y es tal vez esto lo que explique por qué desde el accidente de su marido no sueña: ese sol, el de su culpa, se esconde ahora pues la incapacidad de aquél la ha librado del peso de no poder satisfacerlo. Infortunadamente, cuando el marido se entera de la verdad, ella vuelve a soñar; es el sol negro que asoma de nuevo.

En la playa, en una escena aparentemente anodina, tenemos una revelación clave: oímos los pensamientos de Severine. Ahora sabemos algo capital de ella, algo que ella misma no tenía claro: necesita del placer, lo necesita de un modo imperioso. Pero al lado de su marido no puede encontrarlo porque allí sólo habita el amor en su forma más pura.

En conclusión, Bella de día podría resumirse como la historia de una chica aristócrata que mira por una rendija la vida que le repugna pero que a la vez anhela. No obstante, decir sólo esto sería obliterar, en gran medida, el talento que el director ha puesto en escena para contárnosla. Un talento descomunal, lleno de matices y símbolos. De una fuerza tal que, tras su visionado, debemos preguntarnos si acaso no ha ido demasiado lejos; demasiado lejos en mostrar quiénes somos realmente.

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