Lawrence de Arabia. David Lean. 1962.

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“Cuando estás en el desierto, penetras en el infinito”

Por muy poco aficionados que seamos a las frases un tanto metafísicas, hay que estar de acuerdo con David Lean cuando dice la anterior: después de ver su Lawrence de Arabia, el infinito se nos aparece como un vecino muy próximo. Si en 2001: una odisea en el espacio (1968), o en la reciente Interestelar (2014), el espacio surge como esa vastedad acojonante donde el hombre es poco menos que un átomo difuso, interrogador de los límites de su conocimiento, en Lawrence de Arabia el desierto (esa otra desmesura) nos lleva de la mano a revelar nuestros demonios ocultos; el mister Hide que todos llevamos dentro.

A medida que la vemos sentimos que observamos una de esas cintas que de a poco se suben al banco de las mejores; de las que anulan todos nuestros tiquismiquis. Más de cincuenta años han pasado desde su aparición y ella no envejece. Igual, jamás encallecida, sigue dueña de unos fotogramas donde vibra una luz silente; donde no hay desavenencias entre la soledad y la belleza, entre la ensoñación y lo árido. Aquí, la arena camina como una sincronía cromática. Por momentos parece una acuarela; por instantes, un espejismo de oro. Ya sus imágenes nos apresan y dominan, y gracias a una fotografía que quita el hipo, una suerte de sol terroso llega a calentarnos y conducirnos a un sueño áureo.

Pero ¿quién es Lawrence? Lawrence es un hombre de una personalidad poliédrica. Un Dionisio y un Apolo. Un Quijote y un Sherlock Holmes. Es un hombre que medita una noche entera para a la mañana siguiente arrojarse a derribar gigantes. Es un profeta y un alucinado. Un hombre que pendula entre la racionalidad más fría y las empresas más descabelladas. Inteligente y culto, se muestra defensor del imperio británico pero a la vez de la nacionalización árabe. No lo sabe todavía, pero gracias a las guerras tribales y a la vacilación causada por las escandalosas temperaturas desérticas, será capaz de dar la vida y de quitarla.

Es indudable: el desierto ha revelado cierta turbiedad en su psiquismo. La arena ha hecho las veces de escalpelo, ha diseccionado su alma, y el resultado, desafortunadamente, no es nada promisorio. En uno de los mejores planos de la película una cerilla se funde y da paso al sol y a su luz hiriente, pero esa luz no es la luz de la belleza, sino de una verdad que se avecina: la iluminación de un Buda británico que revelará sus oscuridades.

Hay escenas terriblemente planificadas -el robo de los caballos, el asalto a los trenes, la toma de Akabah, la sombra de Lawrence corriendo por encima de los vagones-, pergeñadas con inaudita fuerza fílmica. Con un pulso que revela en David Lean una enorme estatura cinematográfica y que convierten a su Lawrence de Arabia en un equivalente muy próximo a La Ilíada o La Odisea.

Si la belleza de nuestro tiempo, tan pauperizada y reducida a un excesivo culto al cuerpo, ha perdido todo sentido vital, aquí se renueva al trasladarse a lo inexpresable y a un tiempo mastodóntico. Es una belleza nueva. Ajena a nuestras preocupaciones actuales, tan rabiosa y particular, que de lo impulsiva conduce a cualquiera al desequilibrio. Es, para decirlo en una palabra, un hechizo que se espolvorea en las dunas y que por lo mismo parece sacado de Las mil y una noches.

Los camellos, balanceándose sinuosos en largas caravanas, con esos planos generales del desierto, nos sumergen en la hipnosis del viaje. Es entonces que una alucinación de antología nos muestra cómo un espejismo del cine puede ser extraído de los espejismos de la vida y sus misterios. Sí: he aquí una superproducción, y aunque nunca hayamos estado en un detrás de cámaras, Lawrence de Arabia nos enseña lo que significa este término, nos dice que filmar en estas locaciones, con tantas dificultades, debió resultar para David Lean y su equipo una tarea de colosos. Digna de hombres habituados a llevar el gato al agua.

En Lawrence de Arabia los sueños son de arena. Y el acercarse a ellos es acercarse a un mirador paradisíaco y soñado, con vista al mar, pero también a sus tormentas. Es la historia de un hombre extraordinario que se asoma al pozo de sí mismo, al abismo de los ídolos. Es un bocatto di cardinale cinematográfico que, sin duda, cohabita en el nirvana de las cintas más grandes.

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