ANTÍGONA. JEAN ANOUILH. 1942. Francia.

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Reelaborada a más de 2000 años de la obra madre, Antígona de Jean Anouilh guarda con aquélla la marca particular de toda gran creación artística: la exhaustiva exploración de los conflictos del hombre en un marco dado; en una Tebas atemporal y con sensibilidad política. Si en la Antígona de Sófocles los griegos batallaban contra el destino y la injerencia de los dioses, en la de Anouilh los personajes interrogan en clave existencial las encrucijadas propias de una modernidad en crisis.

Anouilh sabe a qué juega: dirige a sus personajes de modo que parezca que no se pertenecen, que caminan asignados a papeles y atados ineludiblemente a la rueda del destino. Sin embargo, en un gesto propio de la gran literatura, los enriquece con la posibilidad de alternativas y matices. Y es aquí que las aristas son varias.

Atizados bajo el fuego de una personalidad enriquecida, los personajes de Anouilh se alejan el maniqueísmo sofocliano: ni Creón es el tirano irracional ni Antígona es la encarnación de la rebeldía. Embebidos en la ilusión del libre albedrio, los personajes de Anouilh parecen a punto de cambiar de opinión a cada instante. En Anouilh, por ejemplo, Creón ofrece a Antígona la posibilidad de escapar, mientras que en Sófocles esto resultaba impensable.

Sí, es cierto, Antígona siempre tendrá motivos para morir. No puede ser de otro modo. En su nombre hierve la letra escarlata de la muerte. Anhela y busca una y otra vez el precipicio, y, llegado el momento, Creón le hará ver lo inútil de su actitud suicida. Su juventud, le dice, no le permite ver cómo la vida se cuela y desperdicia por entre los dedos. Y aquí, si pensamos aún en Sófocles, sucede lo inaudito: ante la revelación de la villanía de los hermanos, Antígona vacilará en su precipitación alocada. Retrocederá un paso y meditará el asunto para, acto seguido, avanzar dos. Es su oportunidad por primera vez para ser ella misma y, en cierto modo, no la desperdicia.

Repitámoslo: Antígona siempre hallará motivos de muerte. El discurso de Creón, al final, afianzará en ella lo que se resiste a ser: alguien maniatada por el deber y sus condiciones. Antígona quiere ser Antígona, la pequeña Edipo, la hija de la contradicción y la desesperanza. El deber nunca será su camisa de fuerza; la libertad, aún al precio de la muerte, será su norte. Prisionera de la pasión, preferirá lanzarse como un meteoro y rasgar la noche oscura a fosilizarse en una vida insípida. Llegado el momento, arrojará lejos de sí el vaso del que ha bebido hasta hoy y, tal como hiciera Ícaro, rechazará toda prevención para lanzarse al sol y terminar trágicamente. Creón quiere ayudarla, favorecer a su hijo. Cree, en un principio, que la rebeldía de Antígona se debe a su condición de princesa. “No te cobijes bajo tu condición”, le dice. “Eres, por ser hija de un rey, la primera llamada a obedecer la ley”. Pero la oposición obstinada de Antígona nada tiene que ver con su condición. Creón, en el fondo, lo sabe. Y por eso no tendrá más alternativa que acatar sus obligaciones.

Alguna vez Creón fue Antígona: gustaba de la música y de los vagabundeos, de las encuadernaciones bellas. Pero la cara del deber es univoca. Con la muerte de Edipo murió también el joven Creón, esa suerte de Antígona masculino que ahora, con la corona en la cabeza, permanece asido al yugo de lo responsable. Así que ahora no tiene más alternativa que el deber; convivir con el raciocinio que recela la impulsividad de Antígona. Ahora, se ve a sí mismo de joven, y por eso cree que Edipo podía ser algo más que Edipo, el hombre que huía de la predestinación, ése no debía indagar por las respuestas que lo acercaban a ella.

Para Creón, parece claro que Edipo era sólo una pieza más del inmenso engranaje que llamamos Destino. Quizá no haya decisión que no sea guiada por sus avatares. Pero si bien el mundo es absurdo, lo mejor que podemos hacer es acomodarnos a él. Creón, el Creón de Anouilh, reniega de las imposiciones divinas para cobijarse bajo las terrestres; bajo ésas que, con el nombre de deberes, lo convertirán en el rey que todos esperan. Es preciso hacer lo que toca y por eso un muerto, un traidor sin sepultar, dice, no vagabundeará en pena; ésas son sólo supersticiones que ya ni los sacerdotes creen.

De manera que, tal como sucede en nuestros seriados modernos, los personajes de Antígona representarán un papel acorde a sus personalidades. Pero, a diferencia de éstos, no habrá cabida para la redención y el cambio: unida a la inevitabilidad, la posibilidad de escape —que como posibilidad se presenta como novedad frente a la tragedia de Sófocles—, será tasada bajo el precio de la muerte: Eurídice tejerá y tejerá toda la obra hasta dejar de hacerlo para morir; Hemón, el afortunado que podría tener a la esbelta Ismena, prefiere, sin embargo, a Antígona; a la flaca y negra Antígona y no tendrá otra función que amarla hasta morir cuando ella muera; los guardias, por su parte, sólo hablaran de tabernas y de cartas. En su vida no hay más motivaciones: el signo trazado por su existencia ya estrechó sus límites; obedecer al rey de turno, sin importar si se llama Creón o Barbarroja, he aquí su destino. Entre tanto Ismena, la bella Ismena, luchará entre la racionalidad de los hombres y la adultez -reflejada por Creón-, y la pulsión de la juventud y las mujeres -personificada en su hermana-. Combatirá en ambos bandos y pretenderá remar a favor y en contra, a derecha e izquierda, y por lo mismo terminará diluyéndose.

Así, pues, a manera de resumen, podemos decir que el peso que el destino nos endilgaba en Sófocles en Anouilh se trastoca en responsabilidades de un alto precio. Creón quiere hacer entrar a Antígona en razón, y el llamado a la racionalidad fría y calculadora se valdrá de todos los aditamentos para lograrlo: los hermanos no eran héroes románticos le dice. Antígona descubre, a través de Creón, que tanto Etéocles y Polinice eran rufianes que planeaban arrancar el poder con intrigas. No la querían, y por lo tanto, su sacrificio es inútil. Creón, con el filo acerado del raciocinio, despoja a Antígona de sus dioses, pero lo curioso es que en la Antígona de Anouilh ya no hay dioses. El nombre de Dios aparece sólo para ubicarnos en otra época; en una con los mismos conflictos bajo otra mirada. Lo bello sigue siendo atrayente; lo feo, repudiable. Y es quizá por ello que en Anouilh Antígona quiere ser fea. Fea por convicción y rebeldía. Fea por oposición a lo bello. Por rechazo a todo el esquematismo encerrado en el reinado de Creón y su carácter apolíneo.

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