Mulholland Drive. David Lynch. 2001. USA. (1ra parte)

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Una porcelana del Japón, una colección de sederías de la China, viajar por un anchísimo mar con la mira puesta en un anaranjado horizonte. A todo esto se parece Mulholland Drive. A un titánico poder que nos somete y nos disloca; a un bebedizo que al adormecer a nuestra razón la subyuga hasta disminuirla y casi apagarla, en tanto ella alza la voz con airadas protestas: “de qué trata esto, qué sinrazón es esta”

Habituados a desentrañar antes que nada el argumento, nuestra razón lucha y se resiste al juego laberíntico que le plantea Mulholland Drive. Vanamente tratamos de entender y no entendemos. Fatigamos mil explicaciones y somos como el hombre que corre tras la sombra: falazmente la alcanzamos. Ya parece que estamos a punto de abandonar, de dar la espalda y, de repente, algo extraño nos captura. Nuestros anticuerpos, esos destinados a matar lo que no puede ser entendido, caen indefensos y se rinden. Ahora ellos y nosotros vamos con los brazos bajos, sumidos en una red que de lo hipnótica parece deseable.

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Un espejismo, una mentira, todo esto en últimas es el cine. Pero con Mulholland Drive sin duda hablamos de otra cosa. No es una película, es arte. Y al parecer, para acercarnos más a sus posibilidades, David Lynch nos la hizo pasar por algo distinto: por una escapatoria. Por una fuga hacia un mundo machbetiano y cargado de todo el amor y la envidia y el odio de que somos capaces los hombres. Aquí no hay claves que no vengan a cuento. Y de ahí que al encontrar el significado de la llave azul, abramos el cubo de nuestras incógnitas; de que la cámara, moviéndose por momentos a lo Hitckcook, apele a una gran cantidad de recursos; de que la música de Balladamenti, salpicada con inolvidables tracks de los 60´s, propenda a un registro que de lo infrecuente nos doblega -cuando pone el acento en lo trágico, cuando ahonda en lo misterioso-; de que las actuaciones -Naomi Watts y su insuperable casting- eluciden, de algún modo, nuestros anhelos más secretos.

Así, con una mano adentro del cine y otra fuera de él, MD deja de ser cine para volverse una rica travesía. Un puntapié al corazón de los anhelos y a los entretelones del teatro más fantasmagórico. Ahora una cortina roja no es sólo una cortina, ahora esa cortina es la definición misma del color rojo. Ahora una peligrosa avispa no es sólo una avispa, ahora esa avispa es un atrayente y codiciado himenóptero.

Tal vez debamos ir más allá, a las fronteras mismas de la creación del arte, para entender una audacia de esta naturaleza. Así, si las posibilidades del arte algún día son abandonadas, dejadas de lado, siempre podremos inferirlas a través resquicios. De ciertas grietas que cuando faltan, cuando van relegadas en un mundo gobernado por la banalidad y el ansia de ser cada día más estúpidos, aumentan nuestros terrores diarios, la soledad que día a día nos agobia. No está de más decirlo: esta película, sin duda alguna, es una de esas grietas.

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