Viaje al Fin de la Noche. Louis-Ferdinand Céline. 1932. Francia

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Decía Chesterton que «la esencia de las buenas maneras consiste en disimular el bostezo y que el bostezo puede definirse como un aullido silencioso». Pues bien, en Celine y su Viaje al Fin de la Noche no hay buenas maneras ni bostezos y sí aullidos para nada silenciosos. Con un estilo que podríamos calificar de «insecticida» –si nos atenemos a su capacidad para quebrantar incluso lo más pequeño–, Céline se desnuda al tiempo que pone en aprietos a la condición humana. No cabe duda que su intención (si la hay) no es buscar halagos o complacencias. Cualquier propósito, por bienintencionado que se nos antoje, desaparece cuando descubrimos que toda hoja que pasamos a la izquierda nos tiembla entre los dedos y que toda línea recorrida nos restalla ante los ojos.

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Y es que Céline nos lanza dentelladas desde una prosa que desborda toda margen. Bajo el trepidar de los signos de admiración, las ideas se sacuden encrespadas; bajo el ímpetu de las frases persuasivas, la sinceridad rechaza los aplausos.

Es entonces que vemos sin reparos la vida de Ferdinand Bardamu, su inserción en la guerra, el descenso a un trópico delirante, su travesía a los Estados Unidos y su regreso a Francia a ejercer de médico.

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Pero todo esto no es más que una excusa. Bajo los zigzags de un argumento que tropieza contra las paredes, lo que realmente presenciamos es el deambular de un alma disconforme y presa. Un ser arrojado a un vagabundeo que no para y que se siente asido al cuello, sujeto al vértigo de saberse miserable y lastimado por no desear más destino que lo azaroso (“…el caso es que en todas partes algo me sobra o me falta…”).

La soledad nunca pierde la virginidad y siempre está, como el primer día, intacta y mordiente. Dispuesta a perseguirte como sombra. A mostrarte que a pleno sol, en el trópico selvático, es capaz de infectarte con los horrores del colonialismo; que, ya en la guerra misma, con los colmillos afilados y a la espera, cae pesadamente sobre tus ideas románticas (“yo acababa de descubrir de un golpe y por entero la guerra. Había quedado desvirgado.”); que incluso en el corazón mismo del confort, en Estados Unidos, es la sanguijuela más despiadada, pegándose a tu piel, indolente y pastosa (“en África, había conocido, desde luego, un tipo de soledad bastante brutal, pero el aislamiento en aquel hormiguero americano cobraba un cariz más abrumador aún.”)

No hay condescendencias para con lo humano ni para su hipocresía (“¡Ah, si tuviera pasta!… Todo el mundo me consideraría muy simpático aquí… allá… Y en todas partes…”) ni para el brillo de las apariencias -Estados Unidos- ni para el amor mismo, resentido y perdedor en el duelo -Molly-.

Por momentos, no queda más que entregarnos a la inapetencia. A cerrar los ojos y matizar nuestra miseria e insignificancia en un mundo gobernado por el sinsentido. Tal es, a grandes rasgos, la lección que nos arroja Celine a la cara. Y a nosotros, que acabamos de asistir al fin de la noche, nos quedan las opciones de aceptarla o hacer la vista gorda. Mirarla por el borde, con miedos y aspavientos, o encararla hasta medir el negror de sus coágulos.

Es el modo más directo, el camino más honesto para ver lo que realmente somos.

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