La muerte y la muerte de Quincas Berro Dágua (novela). Jorge Amado.

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La muerte y la muerte de Quincas Berro Dágua, contrario a lo que sugiere su nombre y argumento, no es una novela sobre la muerte sino una celebración de la vida.

Presentándonos a una suerte de Diógenes del trópico, Jorge Amado aprovecha y le quita a la muerte su cariz más siniestro, descubriéndola bajo otra mirada, una arlequinesca, colorida, en clave de farsa.

Es cierto, la muerte quiere ser la protagonista y se cuela a fastidiar a una familia que vive en Itapagipe, un barrio de gente de primera, a un cuartucho de la Ladera del Tablón, al Mercado, a la bajada del Zapatero, a Agua de los Niños, a Estrada de la Libertad, en definitiva, a todas las calles de Bahía y sin embargo no logra robarse el show ni adueñarse de la escena; una concepción carnavalesca de la realidad se lo impide.

Tras la noticia del deceso, nos encontramos con que un muerto ríe;  que un dedo gordo asoma de una media rota; que una ranita, lanzada a un ataúd y guiada por la luz de cirios mortuorios, arroja fulgores verdes; que el precio de los collares, de los bolsos de paja, de las esculturas de barro para los turistas, aumenta; todo aumenta y lo hace también, cómo no, el consumo de aguardiente. Es la vida que ríe pletórica. Que huele a cazuela. A una que disfrutaba Quincas en el barco cuando hablaba de la vida marina, a la que comen sus familiares cuando ultiman los detalles del entierro, a la que aparece al final cuando todos están en el barco. ¿Cuántas veces aparecen las palabras aguardiente y botella en la historia? 29 y 30 veces respectivamente.

Después de trabajar 25 años y jubilarse en la Dirección de Rentas de la Provincia, Joaquim Soares da Cuhna decide ser quien siempre ha sido, el que permanece oculto, ése que un día confesó a tía Marocas que quería ser como un pájaro, libre, que de pequeño estuvo a punto de irse con un circo y donde alguna vez, ya mayor y con su hija, gozó a carcajadas.

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Pero aún no es tarde.

Otacília, la mujer, a juzgar por las palabras del santero, debe ser una mujer insoportable y mandona. Según se aduce, por las palabras que susurrara al conocer a su yerno, “pobre diablo”, para Joaquim el matrimonio no debe ser precisamente una estación de primaveras. Así que no había más que decirse. Cambiar de vida. Una vida que en el velorio vemos en la plenitud de su dualidad rocambolesca: de un lado, los familiares asistiendo presionados por las apariencias y el qué dirán; y del otro, los amigos reales, ésos que aun sin suelas en los zapatos lo acompañan con un llanto sincero.

Está claro que no hay más alternativa: rendirse ante Joaquim y Quincas, los dos nombres de un solo hombre, un Jekyll y míster Hide que en una enorme carcajada reconcilió a ambos.

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