¿Qué es un Poeta?

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Reducido y entregado al mercantilismo y a metalizar sus días, el llamado «hombre civilizado» no tiene más vocación que la reglamentación y las demarcaciones, el afán de lucro; mas no así el poeta. Todo lo contrario. En él habitan el derrame, la fecundidad y el ansia de desborde. Las fronteras que a diario traza el mundo, el calcular de todas las formas, la medición y el raciocinio constante de cada acto, no hacen más que despedazarse en las líneas que él traza.

Así el mar sólo es el mar, o un sinfín de agua salada, para el hombre corriente; para el poeta, en cambio, en el mar están Poseidón y su patria, el mayor némesis de Odiseo, la puerta a los mundos de Gulliver, y Robinson Crusoe y sus esperanzas.

Tritones, náyades, sirenas: los ojos del poeta redefinen el mundo allí donde lo miran, lo remozan de colores, lo revisten con los ropajes de la fantasía y el asombro; parecería, en suma, que el poeta anduviera tras ese elemento primordial del que se habrían originado todas las cosas, o arkhé, como lo llamaban los griegos.

Pero ¿de qué se vale el poeta para desaherrojar al mundo y quitarle su uniformidad y presentarlo bajo otras luces; de qué se vale, digamos, para que en lugar de una verdad vuelta palabra descubramos a la palabra vuelta verdad, estremecimiento, magia?

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Los poetas, nos dice Ovidio, están inspirados por las Musas. Ellas les conceden su favor y por lo tanto un dios habita en ellos. Así comprendemos que gracias a la aquiescencia de un espíritu sagrado, al favorecimiento de un hálito divino, los poetas sean dueños del lenguaje del trueno, la luminosidad del relámpago, la fuerza de las tormentas y la dulcificación del rocío. No hay límite posible. Todo les es dado. En aras de rasgar luces en las oscuridades más impenetrables, siempre buscan «estrujar el idioma hasta hacerle manar sangre melódica, hasta romper el armazón de su esqueleto».

El todopoderoso dios Zeus, en su perpetua efervescencia hormonal, no desestimaba la menor oportunidad de conquista, y cuando en sus libidinosas miras se cruzaba una beldad terrestre, el olímpico Tenorio echaba mano de una imaginación fecunda. Entonces, vuelto cisne, toro fogoso, o lluvia de fino oro, saciaba sus ansías varoniles. Así dioses y héroes superan a los humanos en belleza, juventud y vigor; pero, asimismo, a estos últimos fue dado el don de la palabra. Por eso Zeus, dedicado a actuar, habla poco. Por eso la belleza escondida en el lenguaje, y que estremece corazones, fue obsequiada a humanos como Ovidio, para que de ella hicieran brotar el agua de la roca, tal como hiciera Moisés en el desierto.

Y es precisamente Moisés, según Voltaire y su Diccionario Filosófico, el primer poeta del que tenemos registro: el himno que canta junto a su hermana María «cuando salieron del mar Rojo es el primer monumento poético escrito en versos hexámetros que ha llegado hasta nosotros».

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Así pues, el poeta parecería moverse en los albores de lo humano, hurgar en las regiones más distantes. Acucioso, lleno de una perplejidad insólita, de la misma que tendría una jugada de ajedrez que gana todas las partidas, será capaz de remover incluso el fondo del averno; con su voz, una suerte de trueno nocturno, no cesa de buscar una espuma que desborde la naturaleza toda.

Por eso para Shakespeare la juventud es una «altiva vestidura»; por eso para Octavio Paz el universo es «una conversación entre seres inmensos»; por eso para Walt Whitman la hierba es «el pañuelo de Dios». Y por eso también, la poesía está presente en las cosmogonías, en los orígenes que dimos al cosmos; o acaso qué es el Big Bang, ese átomo primigenio de donde venimos todos; o qué esa imagen del mundo sobre los hombros de Atlas, según el mito griego; o ese otro mundo sobre el lomo del elefante, sostenido a su vez por una tortuga según los hindúes; o acaso qué es Dios, si no la sílaba con que buscamos fertilizar nuestro sinfín de incertidumbres.

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El poeta es un héroe, un dios vestido con andrajos. Es la planta que volvió a ser semilla y, si como dice Lautreamont: «el poeta es quien consuela a la humanidad», la poesía es entonces quien sostiene su vida y la fecunda; juntos son la germinación que no termina.

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