La Dictadura Mediática.

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Vivimos en el siglo de las luces: en el siglo de las luces de los monitores, de las pantallas, de los reflectores. Todo ilumina. Todo reverbera. La luminiscencia vibra en las calles, en los atuendos, en los peinados, en los teléfonos móviles y hasta en los discursos destinados al sepulcro:…«y brille para siempre la luz perpetua».

Las luces del siglo XVIII hacían alusión a las luces de la Razón; ésas que permitirían a la humanidad salir del oscurantismo. Las luces del siglo XXI, por su parte, parecen representar el vacío de una época en la que el dios espectáculo fundó una religión nueva.

Es un hecho: la cultura se ha reducido al entretenimiento. El entretenimiento, convertido en un rentable negocio, ha reducido la vida a un espectáculo que se ha convertido en una jugosa fuente de poder económico. Así, la información se somete a la publicidad, la publicidad manda, y es en este escenario donde se gesta el terreno propicio para la aparición de la dictadura mediática: una dictadura en la que los tanques y las armas sobran; una dictadura que, en decir de Umberto Eco, sólo necesita de cadenas radiotelevisivas para darse.

Vivimos en la era del shopping, del lifting, del zapping y ahora del «texting». Las cuatro actividades que más ocupan tiempo en la vida contemporánea son trabajar, dormir, ver televisión y estar conectados al ciberespacio. A diario millones de personas acceden a la información a través de los medios, y ésta, obligada a vender, necesita ser variada y entretenida. Sí, debe entretener, competir y en una dictadura mediática menos que informar debe dirigirse a producir reacciones. A persuadir. Ni analizar o desentrañar temas le interesa a una información en manos de gobiernos dictatoriales.

La dictadura mediática es una suerte de radiografía en colores: una imagen oscura pero pintada mediante falsos efectos de luces. Haciéndonos dudar de lo que vemos, esta dictadura nos recuerda la broma de Groucho Marx cuando preguntaba: «¿A quién le van a creer, a mí o a sus propios ojos?» Cuando se vive bajo una dictadura mediática, no importa lo que uno pueda ver con sus propios ojos. Se tiene que aceptar lo que nos dicen. La realidad es cualquier cosa que diga el partido, el líder de turno, y esto se logra mediante un manipulado manejo de la imagen. Así, cuando una dictadura deja de ser coercitiva para volverse mediática, la importancia de la fuerza desaparece frente a la proyección de la imagen, el régimen dictatorial deviene en mediático, y la justicia termina convertida en espectáculo circense.

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En una dictadura mediática la televisión no precisa censurar noticias. Basta con utilizar un recurso retorico llamado «concesión», para aparentar que no se oculta nada. El truco, en realidad, consiste en la forma en que se dicen las cosas. No es necesario callar a los opositores. Basta dejarlos hablar en reducidos espacios donde sus dardos resulten inofensivos. Por eso esta dictadura no necesita un genocidio para echarse a andar: le basta ir menoscabando derechos civiles y humanos mediante argucias sofisticas que los medios pueden encubrir perfectamente.

Xavier Villaurrutia, gran poeta mexicano, parecería prestarnos algunos de sus versos para ponerlos en boca de una dictadura de este tipo: «Si empezara a decirlo con fantasmas/ de palabras y engaños al azar/ llegaría, temblando de sorpresa/ a inventar la verdad».

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